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HUELGA MINERA IN THE UK
Durante el segundo mandato de la "Iron Maiden", el primer problema grave de Margaret Thatcher, primera ministra británica en los años 80,
fue el relacionado con la huelga de mineros a partir de marzo de 1984.
Arthur Scargill, minero e hijo de mineros, se convirtió en uno de los individuos más influyentes de Europa. No era para menos teniendo en cuenta que era el dirigente sindical que lideraba un mov imiento huelguista capaz de enfrentarse a Margaret Thatcher, por entonces en pleno esplendor de su carrera política tras haber salido victoriosa de la guerra de las Malvinas. Scargill ya había convocado tres huelgas durante el primer mandato de Thatcher en una sector en decadencia y de difícil viabilidad y deseaba una repetición de los éxitos de las huelgas mineras de 1972 y 1974, la última de las cuales produjo la caída del Gobierno conservador de Edward Heath y la consiguiente derrota de Heath a manos de Margaret Thatcher en la lucha por la jefatura del partido tory. Scargill se puso a la cabeza de los mineros que querían impedir que el Gobierno conservador británico cerrara decenas de pozos, lo que hubiera supuesto la pérdida de más de 20.000 puestos de trabajo.
Los mineros cayeron básicamente por dos razones. La primera, por un problema de legitimación de la huelga al negarse Scargill a que el cierre en los pozos se votara en referéndum para decidir la huelga, como reclamaba Thatcher, lo cual le restó credibilidad a la convocatoria. La segunda razón, era de origen socioestructural:
el sindicato minero no fue capaz de adaptarse a los nuevos tiempos que habían surgido en el mundo tras la crisis de los años 70. Los ciudadanos británicos, hartos de tanto paro e inflación, estaban dispuestos a afrontar el proceso de liberalizaciones económicas que proponía el Gobierno conservador, aunque ello supusiera la reducción del peso del Estado en la economía. Y, por lo tanto, una disminución de los niveles de protección social en aras de encontrar más fácilmente un puesto de trabajo y reducir la carestía de la vida. Thatcher, como Reagan en EEUU, fueron capaces de generar a su alrededor un alto consenso social.
El empresario nombrado para presidir la patronal minera fue presentado como un verdugo pero dijo ser un cirujano plástico destinado a rectificar lo imprescindible para mejorar las posibilidades de esa industria. La huelga estuvo mal planteada por la elección del momento y por el empleo de piquetes violentos de mineros y, por si fuera poco, Scargill recibió ayuda del líder libio Gaddafi, que había prohibido en su país cualquier sindicato, lo que acabó por alejarle de algún apoyo.
La batalla fue dura y a veces violenta. Los enfrentamientos con la policía se cob raron decenas de heridos, pero los mineros eran duros de roer y lograron mantener en jaque durante más de un año a la Dama de Hierro. Al final, sin embargo, perdieron. Los pozos se cerraron y el movimiento sindical británico sufrió una derrota de la que todavía no se ha recuperado. Thatcher mermó el poder de los trade unions y se aprobó la posibilidad de despedir a un trabajador por su participación en una huelga.
El fracaso de los mineros dejó, además, malparado al líder laborista Neil Kinnock en el imposible intento de tratar de llegar a un compromiso. Una reforma legal posterior hizo responsables a los sindicatos de los daños causados en huelgas no votadas; en adelante fue necesario, además, el sufragio secreto para la elección de cargos sindicales y para la afiliación de los sindicatos a partidos.
En resumen, la huelga dividió familias enteras y enfrentó entre sí a comunidades de trabajadores. En el fondo del conflicto subyace el enfrentamiento de dos filosofías: la del nuevo populismo conservador, representado por el radicalismo de Margaret Thatcher, que considera el excesivo poder sindical de las Trade Unions (sindicatos) una amenaza permanente al sistema capitalista y a la libertad de creación del individuo, y la no menos radical de los sindicatos vanguardistas, representada por Scargill, para quien "la movilización de las masas trabajadoras producirá un verdadero cambio revolucionario en la política británica".
La huelga de 1984 fue completamente diferente de las de 1972 y 1974. En primer lugar, en los setenta, el número de parados en el Reino Unido era casi inexistente, mientras que en 1984 había sobrepasado los tres millones. En segundo, el apoyo prestado a los mineros en la dos huelgas anteriores por el resto de los sindicatos integrados en el Trade Unions Congress fue total. En cambio, en 1984, los dos únicos sindicatos que de verdad prestaron apoyo real a los mineros fueron los de la Marina Mercante, y no todos, y los de maquinistas de tren.
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