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LA GUERRA DEL FLETÁN
El día 9 de marzo de 1995, el Gobierno canadiense apresó al pesquero español Estai que pescaba cerca de sus aguas territoriales un pez llamado fletán. La guerra del fletán estuvo a punto de convertirse en realidad.
Desde 1977 Canadá y la entonces CEE mantenían tensiones por el establecimiento por parte de Canadá de zonas de exclusión ecológicas en el Atlántico Noroeste para prevenir la disminución de la pesca en sus caladeros territoriales, los Grand Banks, la plataforma continental frente a Terranova y Labrador, justo fuera de la zona económica exclusiva canadiense en el Océano Atlántico Norte.
Pero fue en 1994, al promulgar Canadá la ley "Coastal Fisheries Protection Act" que amparaba el derecho de extraterritorialidad y la posibilidad de detener buques de otras banderas más allá de las doscientas millas apoyándose en las medidas de conservación y administración que debían observar los buques en cuestión, cuando se produce una fuerte tensión entre Canadá y la Unión Europea debido a la unilateralidad de la misma.
La flota europea veía como sus capturas legales se reducían en un 92% y la canadiense veía incrementarlas en un 70%.
La autobiografía del asesor diplomático del primer ministro canadiense, James K. Bart leman dedica un capítulo entero a la crisis y revela que el ministro de Pesca, Brian Tobin, propuso desplegar aviones de combate para proteger sus intereses. Bartleman describe cómo el Ejecutivo canadiense dio órdenes de capturar un segundo barco español sólo seis días después del apresamiento del Estai en aguas de Terranova por la Armada de Canadá, después de que una patrullera canadiense disparara, ametrallando la proa del Estai así como a otros barcos que acudieron en su ayuda, y procediendo al abordaje. España y la UE lo consideraron un acto de piratería.
Tobin parecía pretender pasar a la historia como el ministro que blindó a sus pescadores y expulsó de sus caladeros a la flota gallega, descubridora del fletán negro, una especie de rodaballo que Canadá despreció hasta que los armadores europeos la convirtieron en un rentable negocio capaz de mover m iles de millones de pesetas al año.
Tobin sabía que en la UE contaba con el apoyo de Inglaterra e Irlanda. Estaba convencido de que para ganar la negociación había que doblegar a España.
España no tardó en enviar a la zona fragatas militares para escoltar a sus barcos. Tras liberar al Estai,
Tobin logró convencer el 24 de abril de 1995 al primer ministro, Jean Chrétien, y a los ministros de Exteriores, Defensa y Justicia, de que un nuevo ataque en altamar haría ceder definitivamente a España.
Un destructor zarparía del puerto de Halifax apoyado por los cazas desde el aire, con órdenes de apresar a un barco gallego y disparar contra las fragatas españolas si trataban de impedir la maniobra.
Con la operación de combate canadiense ya en marcha, el embajador español en Bruselas, Javier Elorza, recibió una orden directa de la presidencia del Gobierno socialista español: había que ceder en las negociaciones abiertas en Bruselas y renunciar a las 40.000 toneladas de fletán que exigía Ottawa.
Cuenta Bartleman que Brian Tobin todavía intentó una carga final contra los barcos gallegos en Terranova, remitiendo una orden directa al capitán del destructor. La operación tuvo que ser frenada en persona por el primer ministro Chrétien. La guerra había terminado.
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