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Revista de Historia Moderna
 

LA CARGA DE LOS HUSARES ALADOS

A finales del siglo XVII, el Imperio Otomano volvía a estar en disposición de avanzar en sus conquistas europeas, y de nuevo fijó su mirada en Viena, objetivo estratégico para La Sublime Puerta, debido a su situación geopolítica privilegiada, pues la ciudad dominaba las rutas comerciales de Centroeuropa y la navegación por el Danubio. En 1529 ya había fracasado un asedio turco contra Viena, en un momento en el que el Imperio Otomano era mucho más fuerte. El imperio otomano llevaba en crisis casi un siglo; el sistema de la devshirme, creado en un principio para contrarrestar a la antigua aristocracia turca, produjo divisiones internas relacionadas con las camarillas del harén, que corrompieron cada vez más los órganos del gobierno central y de la administración provincial del imperio. Una población creciente, con la consiguiente subida de precios, en el contexto de una agricultura en crisis a causa de la enorme presión fiscal, dejó al imperio abierto a la penetración económica de la Europa cristiana.  Ahora se encontraba en decadencia y este nuevo ataque contra Viena, de haber salido bien, podría haber cambiado el equilibrio de fuerzas a favor del Turco, aunque ya por aquel tiempo la inferioridad militar y tecnológica del Islam respecto a Europa era incuestionable.

Kara Mustaphá Pasha

los círculos gobernantes de Constantinopla nombraron a un nuevo gran visir como una especie de dictador. Köprülü Mehmed Pasha, anciano albanés de unos setenta años de edad, realizó una purga drástica y sanguinaria de la administración. Él y su hijo, que le sucedió como gran visir, intentaron devolver el imperio al sistema gubernamental y al carácter que tuvo los grandes días de las conquistas. El gran visir Kara Mustafá inició el asedio, ya que necesitaba desesperadamente un éxito militar para reforzar su posición inestable.

Este nuevo ataque se preparó concienzudamente. Políticamente, el Imperio Otomano había estado ayudando militarmente a los húngaros que querían liberarse del yugo de los Habsburgo, así como a sectores protestantes que se veían amenazados por el catolicismo de Roma y Austria. En 1681, las tropas húngaras, comandadas por Imre Tököly, fueron apoyadas por Constantinopla, que reconoció a Imre como rey de "la alta Hungría" (el este de Eslovaquia y partes del noreste de Hungría). Este apoyo otomano incluía la promesa de entregar "el reino de Viena" a los húngaros si éstos les ayudaban en su conquista. En 1682, Imre Tököly hostigó a las tropas austríacas de la frontera, y varias incursiones austríacas como respuesta en Hungría fueron la excusa perfecta para el sultán Mehmet IV para declarar la guerra a su rival centroeuropeo.

La marcha del ejército otomano no se produjo hasta el 1 de Abril de 1683, bastantes meses después, lo que dio tiempo al gobierno del Emperador Leopoldo I a organizar la defensa, quien había establecido un tratado de ayuda mutua con el rey de Polonia, Juan III Sobieski.

El 7 de Julio de 1683, 40.000 soldados tártaros a las órdenes del Gran Visir Pasha llegaron a las inmediaciones de Viena, consiguiendo que Leopoldo I y muchos vieneses se refugiaran en Linz. En aquella época, la caída de Viena no habría significado el fin del Imperio, y por ello Leopoldo I decidió retirarse con la corte a Passau durante el transcurso de la contienda, y pedir al Papa ayuda. Y así fue, el Papa llamó a una cruzada para defender Viena. El propio papa aportó grandes cantidades de dinero, al igual que otros estados italianos e incluso Portugal.

Juan Sobieski, general muy experimentado, organizó la expedición de ayuda durante el verano de 1683, cumpliendo con sus obligaciones del tratado con Austria. El grueso del ejército turco arribó a Viena finalmente el 14 de Julio de 1683, donde le esperaban 11.000 soldados y 5.000 civiles austríacos que no quisieron capitular. Los turcos tenían dos opciones para conquistar la ciudad: tomarla al asalto o sitiarla. Decidieron la segunda opción para minimizar las bajas y tomar la ciudad intacta, pero así dieron tiempo a Leopoldo I para reaccionar.

Durante el asedio, los otomanos impidieron el abastecimiento de la ciudad y hostigaron a los defensores constantemente, con lo que a finales de Agosto los vieneses se disponían a capitular, exhaustos y sin noticias de refuerzos.

El 6 de Septiembre, el ejército polaco atravesó el Danubio a 30 km al noroeste de Viena, y se unió a las fuerzas imperiales y al resto de tropas procedentes de Sajonia, Bavaria, Baden, Franconia y Suabia que habían acudido a la llamada del papa Inocencio XI, ejército plurinacional capitaneado por Juan III Sobieski y su caballería pesada (los húsares alados), fuertemente motJuan III Sobieski, rey de Poloniaivado para defender la cristiandad, y con el prestigio como combatiente ganado en sus enfrentamientos con tártaros, cosacos y otomanos en las regiones sudorientales de su país, resultó ser un factor decisivo para los acontecimientos. Con el consenso de todos Juan III Sobieski fue proclamado jefe de las fuerzas de la coalición.  Luis XIV, el rey francés, no se había ni inmutado ante las peticiones papales, respondiendo con evasivas. Por el contrario, había apoyado el ataque turco contra el corazón de Europa. Y es que la diplomacia francesa había consideraba a los otomanos como parte del sistema europeo de potencias, que se podía utilizar en el juego del equilibrio de fuerzas contra la casa de Austria. Luis XIV ya se veía consideraba el defensor de la Europa cristiana tras la caída de Viena.

Los otomanos ya habían comenzado el asalto en masa a Viena cuando la infantería polaca les atacó por el flanco derecho, pero lejos de desviarse de su objetivo, los turcos siguieron entrando en la ciudad. Después de 12 horas de lucha, los húsares alados polacos se abalanzaron a la carga de madrugada sobre el grueso del ejército otomano acampado frente a las murallas.

El ataque estuvo liderado por el propio Sobieski. Esta carga rompió las líneas turcas, agotadas tras luchar sin cuartel durante horas. Además, la guarnición defensora de Viena se lanzó al asalto, sacando fuerzas de flaqueza ante la inesperada ayuda. Los cristianos habían vencido y salvado Viena de la catástrofe, mientras que los restos del ejército otomano se retiraron derrotados hacia el sur y este.

El 25 de Diciembre de 1683, Kara Mustafa Pasha fue estrangulado en Belgrado por orden del sultán, según la costumbre otomana de la época. El imperio otomano volvió a caer en la corrupción y el estancamiento del que se había librado sólo temporalmente. En los años siguientes gran parte de Hungría volvió a ser reconquistada por el imperio austríaco, y al Imperio Otomano firmó el Tratado de Karlowitz por el que cedieron toda posesión de Hungría y Transilvania. Este tratado marcó el principio del declive del Imperio Otomano que nunca volvería a ganar territorio en la Europa del Este, y afianzó a la monarquía de los Habsburgo como la potencia dominante en Centroeuropa. Se produjo una guerra abierta entre el absolutismo de los Habsburgo y el constitucionalismo de los los húngaros y los transilvanos; entre el catolicismo de la Contrarreforma y las comunidades calvinistas y socinianas que habían florecido en el límite entre la cristiandad y el islam.

Por eso, la Batalla de Kahlenberg, como también se conoce al segundo sitio de Viena, supuso un antes y un después en la historia europea. El poder del Imperio Otomano sufrió un mazazo tremendo y ya dejó de extenderse, adoptando durante los dos siglos largos siguientes y hasta su definitiva desmembración en la Primera Guerra Mundial, una actitud defendsiva.

Tras la batalla de Viena Juan III Sobieski achacó su victoria a Dios con la frase « Veni, Vidi, Deus Vicit » (Vine, Ví, y Dios venció), parafraseando a Julio César. Los europeos de aquel entonces vieron en la victoria una providencial derrota del Islam, hecho que fue inmortalizado en el calendario católico por el papa Inocencio XI que extendió la festividad de esa fecha del 12 de septiembre -Día del Dulce Nombre de María- a fiesta de la Iglesia Universal.

El periodo de amistad austro-polaca fue corto, ya que poco después de la liberación de Viena los austríacos ningunearon el papel de Sobieski en la batalla, y en menos de 100 años acabaron repartiéndose Polonia entre Austria, Rusia y Prusia.

 

 



 
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