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Revista de Historia Moderna
 

CÉSAR BORGIA EN VIANA

No vamos a contar aquí la historia del famoso César Borgia, hijo de Papa (y de papá también, claro), que es de sobra conocida, pero sí como el condotiero hispano-italiano se llegó a Viana y acabó allí sus días de forma violenta, como su vida había sido.

El caso es que Alejandro VI, el Papa Borgia, padre de César, murió quizás envenenado el 18 de agosto de 1503 (una forma de morir curiosa en una familia como los Borja valencianos de Gandía). Su sucesor, Pío III, muere poco después también sospechosamente después de haber mandado encarcelar a César. Finalmente se hace con la tiara papal Julio II, papa de armas tomar, de la familia Della Rovere, enemigos acérrimos de los Borgia, quien ordena a Gonzalo Fdez. de Córdoba que lleve a España a César para entregárselo a la reina Juana (la Loca) y ser juzgado. El caso es que vemos a nuestro héroe encarcelado, primero en Chinchilla (Valencia), y después en el castillo de La Mota (Medina del Campo).

Por fin se escapa como puede de su prisión, y maltrecho, logra llegar a Santander, donde se embarca, pero el mal estado de la mar sólo le permite llegar a Castro Urdiales. Sin ninguna perspectiva inmediata de regresar a Italia, desde aquí, llega en mula con unos compañeros a Pamplona, en donde había sido obispo quince años antes, acogido con los brazos más o menos abiertos por su cuñado el rey de Navarra Juan de Albret. El turbulento reino de Navarra, siempre a la gresca entre ellos o con los vecinos, que querían hacerse con sus posesiones, era el lugar idóneo para que César desplegase sus dotes de condottiero. Y allá que fue, a ponerse al servicio de los reyes Juan y Catalina, adalides de la facción agramontesa, cuyo rival el conde de Lerín, condestable del reino, lideraba el partido beaumontés. Así que, generoso, su cuñado le nombra condestable del reino y generalísimo de los ejércitos navarros.

Su primera acción es el intento de conquista de la plaza beaumontesa de Larraga, donde fracasa con estrépito, y decidido a lamerse las heridas, ataca la villa de Viana, en poder del conde de Lerín, que ocupa, a excepción del castillo. Estamos en marzo de 1507, y el condottiero ordena el asedio del castillo. Aprovechando una noche de tormenta, y ante la escasa visibilidad de los sitiadores, un comando de defensores se evaden del cerco y con ayuda de los vecinos, logra introducir en la fortaleza víveres para varias semanas. César se siente burlado y encolerizado cuando le dicen que han visto a varios jinetes escapar del asedio e ir en busca de vituallas. Coge un globo terrible y se lanza en su persecución, con tanta rabia e ira que deja atrás a su guardia. Hasta que llega al paraje conocido como «La Barranca Salada», donde tres hombres del conde de Lerín le preparan una emboscada. Allí le mataron sin saber quien era quien les acometía, después expoliaron sus ropas y bienes y abandonaron el cadáver del finado César como Dios le trajo al mundo sin que nadie supiera a quien pertenecían tan siniestros despojos, hasta la llegada de su paje Juanicot, que se echó a llorar amargamente cuando reconoció a su desfigurado señor.

Cuando el conde de Lerín conoce la noticia, permite a Juanicot trasladar el cadáver a Viana para que lo entierre, con la aquiescencia del rey vencedor Juan III de Albret, en la iglesia de Santa María. No sabemos si el conde premió a sus hombres o los ahorcó por su acción, pero la verdad es que le libraron de un enemigo temible.

Juan de Albret enterró a su cuñado en un sepulcro gótico, esculpido en alabastro, en el que se puso como epitafio:« Aquí yace en poca tierra, el que toda la temía/ el que la paz y la guerra en su mano la tenía./Oh, tú, que vas a buscar / cosas dignas de loar, /si tú loas lo más digno/ aquí pare tu camino/ no cures más de andar ».

Poco duraron los restos de César en este su descanso, puesto que a mediados del siglo XVI, un obispo de Calahorra, a cuya diócesis pertenecía Viana, consideró un sacrilegio la permanencia de los restos de este personaje en lugar sagrado, destruyó el sepulcro y los mandó sacar de ahí y enterrarlos en plena Rúa Real, para que fuesen "pisoteados por hombres y bestias". No olvidemos que César era un hombre excomulgado y persona non-grata para los nuevos dirigentes de la Iglesia. En 1884, a requerimiento de un arqueólogo francés, Charles Iriarte, que en realidad venía buscando la espada de César, se localizaron sus huesos en la Rua de Santa María o Calle Mayor, a los pies de la escalinata frente a la entrada principal de la iglesia, y allá que se dejaron.

Más adelante, ya en el siglo XX, hubo un movimiento de intelectuales, que intentó rehabilitar la memoria del Borgia, y buscarle un enterramiento más digno. De ellos, el doctor Victoriano Juaristi, realizó un sepulcro monumental dedicado al duque de Valentinois (como era conocido César), ubicado en el ayuntamiento en 1934. Dos años después, sin embargo, aprovechando la guerra Civil un grupo derechista, destrozó la escultura, considerando que era una vergüenza para la villa que «un hombre tan malo» estuviera en lugar tan principal.

En 1945 se vuelven a exhumar los restos y se analizan, siendo depositados en 1953 a los pies de la portada de la iglesia, en el exterior pero dentro del recinto de ésta, bajo una lápida de mármol blanco con un epitafio algo tal que así: «César Borgia generalísimo de los ejércitos de Navarra y pontificios muerto en campos de Viana el XI de Marzo de MDVII». Ya en 2007, el arzobispo de Pamplona se apiadó definitivamente de la vieja osamenta y permitió el reposo, hasta ahora definitivo del hijo del Papa dentro de la iglesia, algo que yo no vi, pues cuando fui peregrino (corría el año 1995), lo que observé, en aquel tiempo, con suma curiosidad fue la lápida de mármol blanco del exterior de la iglesia de Santa María de Viana.

La comisión que organizó el año borgiano en 2007, decidió recuperar para el turismo los últimos pasos del condottiero por los campos de Viana, y señaló con una lápida circular el lugar donde murió.

 

 



 
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