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EL REY LOBO
En 1145, tras la desintegración del Estado almorávide, en Murcia, como en otros muchos lugares de Al Ándalus, se alza con el poder Muhammad Ibn Mardanis, llamado Rey Lobo o Lope por los cronistas castellanos, que gobierna un pequeño reino independiente desde 1147 a 1172, y ofrece una feroz re sistencia a las tropas almohades. Sólo después de su muerte, en 1172,
éstas pudieron conquistar la región murciana. Era miembro de una aristocrática familia de muladíes, y había nacido en Peñíscola en 1124.
Pasó a la historia como uno de los hombres más polémicos de su tiempo, entre otras cosas por su carácter libertino.
Ibn Mardanis fue gobernador en su juventud de la villa de Afraga o Fraga. En aquella zona abundaban los topónimos alusivos a la presencia del lobo (Mont-Llobé, Vall Llobar, o Canta Llops). Así que como era astuto y taimado, sus propios conciudadanos le pusieron ese apodo cuando dejó la villa, con solo 25 años. Después, parece que le cogió el gusto al apelativo y gustaba de que le llamasen así, tanto cristianos como musulmanes, "Lop" o lobo.
En 1146, sucedió a su tío Ibn Iyad en el gobierno de Valencia, con el que había compartido el poder. En 1157, en Valencia pactó con Alfonso VII, el trueque de Alicún (cerca de Baza) por Uclés, que fue entregado a Sancho III. La alianza castellana con el rey Lobo prosiguió incólume después de la muerte de Alfonso VII y de Sancho III, fortalecida por la férrea oposición al común enemigo almohade y contando muchas veces Ibn Mardanis con los servicios de mercenarios cristianos.
En 1159, un ejército al mando del rey Lobo, formado mayoritariamente por fuerzas cristianas, sitió y sometió la ciudad de Jaén, apoderándose también de Ubeda, Baeza, Ecija y Carmona, e in cluso inició el asedio de Sevilla.
Ante la amenaza cierta de la principal base almohade en la Península, Sevilla, el califa almohade
Abd Al-Mumin decidió cruzar en persona el estrecho de Gibraltar y organizar una campaña definitiva contra murcianos y castellanos. En
tierras de Badajoz los castellanos fueron derrotados en Portillo de la Higuera en el mes de septiembre de 1160. Al tiempo el rey Lobo perdía Carmona y se replegó en sus planes de caer sobre Córdoba. El califa volvía a Africa muy poco después, por lo que su intervención en la Península no dejó de ser prácticamente una anécdota.
En mayo de 1161 Ibn Hamusko, suegro del rey Lobo, atacó Granada ocupando la ciudad y la Alhambra, aunque la guarnición almohade continuó resistiendo en la Alcazaba. Ibn Hamusko incluso rechazó los intentos almohades de ayuda a los sitiados, dirigidas por los propios hijos del califa,
Abu Said y Abu Yakub. Finalmente, al año siguiente, en 1162, los almohades recuperaron Granada con la ayuda de tropas de refresco venidas de Africa.
L a muerte del califa Abd Al-Mumin, fundador del imperio almohade en mayo de 1163 y los problemas de sucesión, hasta la definitiva afirmación en el trono almohade del señor de Sevilla, van a propiciar un respiro de más de dos años al rey castellano Alfonso VIII y a su aliado el rey Lobo. Pero
el nuevo califa Abu Yakub, hijon del anterior califa y ex-gobernador de Sevilla, sólidamente afianzado en el gobierno, enviará a Al-Andalus en marzo 1165 un gran ejército al mando de sus dos hermanos, Abu Said Utman, gobernador de Málaga y Abu Hafs Umar, gobernador de Córdoba.
En la vega de Murcia el 15 de octubre de 1165 infligieron al rey Lobo y a sus aliados cristianos una gran derrota. El rey Lobo logró salvarse encerrándose detrás de los sólidos muros de Murcia y resistir con éxito hasta que los dos príncipes se retiraron y regresaron a Marrakech pocos meses después.
En mayo de 1169, el ejército almohade atravesaba nuevamente el estrecho bajo el mando de Abu Hafs Umar una vez más, y en Sevilla tuvo el príncipe noticias de la discordia surgida entre el rey Lobo y su suegro Ibn Hamusko. Las desavenencias entre ambos aliados habían llegado a un punto extremo tal que combatían por la posesión de Jaén uno contra otro. Abu Hafs al frente del ejército almohade prosiguió su marcha hacia Córdoba, aprovechándose de la situación y recibió la sumisión de Ibrahim Ibn Hamusko. Esta defección de su aliado y suegro fue un gravísimo golpe para el rey Lobo.
Todo parecía volverse contra el rey murciano. Un nuevo frente se abrió contra el rey Lobo al ser atacado en esas mismas fechas por el rey aragonés Alfonso II, que cruzó los ríos Guadalope y Guadalaviar. Ibn Mardanis se volvió hacia Castilla y entregó a los castellanos el castillo de Vilches, que controlaba el desfiladero de Despeñaperros, y la fortaleza de Alcaraz con un amplio territorio en La Mancha y en el valle alto del Guadalquivir, así como también ciertos derechos económicos en las tierras conquenses, a fin de obtener mayor ayuda. El
rey Lobo, a pesar de todo, continuó manteniéndose en los reinos taifas de Valencia y Murcia, pues Abu Hafs se contentó con la sumisión de Ibn Hamusko y de sus tierras de Jaén, que quedaron sometidas a la autoridad almohade, volviéndose por donde había venido.
El ejército almohade retornó en septiembre de 1171. Tampoco esta vez el asedio de la capital murciana daría resultado, pero buena parte de las demás poblaciones, fueron pasándose al campo almohade, adoptando su doctrina integrista y expulsando a militares y civiles cristianos. Esperaban, sin duda, acabar así con aquella guerra que duraba demasiado y con la insoportable presión fiscal. Finalmente, cuando prácticamente ya no le quedaban aliados, cayó enfermo y varios meses más tarde, fallecía con el encargo para sus hijos de entregar Murcia a sus enemigos de toda la vida. Así moría en marzo de 1172 el mortal enemigo de los almohades, y sus hijos, hastiados del largo periodo de guerras, se apresuraron a declararse vasallos de los almohades y partidarios de su religión.
Durante el reinado de Ibn Mardanis, Murcia logra un esplendor inmenso, tanto que su moneda se convierte en referente en toda Europa. La prosperidad de la ciudad se basó en la agricultura y, aprovechando el curso del río Segura, se creó una compleja red hidrológica (acequias, tuberías, azudes, norias, acueductos), predecesora del actual sistema de regadíos de la huerta del Segura. La artesanía también era muy importante y de gran prestigio, tanto que la cerámica murciana se exportaba a las repúblicas italianas. A todo esto hay que añadir los numerosos lugares de ocio y cultura que se crearon como guinda de esta esplendorosa etapa del emirato murciano, que fue capital de Al-Andalus durante un tiempo.
Ibn Mardanish vestía a la española (cristiana, se entiende), hablaba castellano y catalán, completaba sus huestes con mercenarios italianos o alemanes y, muy inteligentemente, cogió lo mejor de aquí y de allí para situar al reino de Murcia como referente económico para Europa entera.
El Castillo de Larache y el Castillejo de Monteagudo fueron edificados por orden de Ibn Mardanis de quien se dice que construyó asombrosas alcazabas y grandes paseos y jardines.
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