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LA DANZA DE LA MUERTE
La Danza de la muerte es un texto dramático y musical que se cree que se representó y bailó durante el siglo XIV.
Estos textos sobreviven al cambio de cosmovisión que tiene lugar entre los siglos XIV y XV, pero a la vez son un producto del mismo. Las epidemias tan frecuentes y destructivas en aquel tiempo, como la Muerte Negra, cuyo episodio más trágico tuvo lugar en 1348, llevándose por delante a un tercio de la población europea, trajeron a la imaginación popular el asunto de la muerte y su oscilación universal.
El binomio Danza/peste permaneció presente como conexión mental hasta bien entrado el siglo XVI. Frente a tal terrible epidemia, el hombre se encontró cara a cara con la Muerte, descubriendo su efecto devastador e inevitable. Ya no la veía como una muerte que afectaba al individuo, o al "otro", sino como una muerte que afectaba a toda la sociedad por igual, lo que intensificó la repercusión notable del género.
La presencia de la peste trajo la evidencia física de la muerte y su realidad descarnada, que se manifiestan en las crudas representaciones de cuerpos en descomposición y esqueletos danzantes burlándose y atacando a los vivos. El morir se convirtió en un hecho cotidiano y habitual. Los artistas ya no necesitaban recurrir a alegorías o símbolos como sucedía en los misterios o moralidades inglesas; el mejor referente era la propia realidad, se pintaba lo que se contemplaba por todos lados.
El asunto se trató en forma de drama. En estas obras la muerte aparecía como el mensajero de Dios que convoca a los hombres al mundo ultraterrenal, una concepción que ya se vislumbraba en la Biblia y en los poetas de la Antigüedad. El movimiento de los personajes fue un añadido posterior.
Las Danzas de la Muerte se relacionan con muchos terrenos literarios y participan de otras artes como la pintura, la escultura, el teatro, la danza y la música. Además, se las vincula con ciertas actividades parateatrales como la mímica, la procesión, etc. En estas danzas podemos distinguir temas folklóricos europeos y gran cantidad de otros fenómenos históricos y culturales. Se gestan en apenas cincuenta años y llegan a ser un fenómeno cultural en toda Europa en la última etapa de la Edad Media. Simbolizan la finitud de la vida, el último arrepentimiento y la postrera ilusión; van cargadas de un mensaje moral, una ironía estremecedora y una denuncia social del mundo en que nacieron.
El propósito de estas obras era enseñar la verdad acerca de que todos los hombres deben morir y prepararse para aparecer ante Dios. La escena de la obra normalmente era el cementerio o la parte trasera de la iglesia, aunque a veces puede haber sido la misma iglesia. El espectáculo era abierto por un sermón acerca de la certeza de la muerte a cargo de un monje. Al cierre del sermón, una caterva de siniestras figuras cubiertas con la tradicional máscara de calavera y disfrazadas de esqueleto con un traje de lino negro muy ajustado, se situaban delante de las sepulturas del cementerio.
Un ejemplo de estas obras es la "Danza de la Muerte" castellana, de principios del siglo XV. Se conse rva en un manuscrito de la Biblioteca de El Escorial. Consta de más de seiscientos versos y en ella, la Muerte va invitando a bailar a diversos personajes, como el Papa, el Obispo, el Emperador, el Sacristán, el Labrador, etc., al tiempo que les recuerda que los goces mundanos tienen su fin y que todos han de morir.
La iconografía macabra de origen pagano representa a los muertos como esqueletos danzantes que portan instrumentos musicales como la flauta, el xilófono, el laúd, la gaita, el violín, etc. La Muerte misma dirige la danza de los esqueletos en las Danzas de los muertos o invita a bailar a los vivos en las Danzas de la Muerte. La invitación no se considera un favor y se intenta rechazar por medio de la súplica, el lamento o la confesión de sus pecados, pero la Muerte no admite tamaña "descortesía" y acaba por llevarse a la víctima.
Otro mensajero, otro esqueleto coge la mano de una nueva víctima, un príncipe o un cardenal, que son seguidos por otros que representan todas las clases sociales. La obra era seguida por un segundo sermón que reforzaba la lección de la representación.
Este macabro espectáculo se desarrolló en toda la literatura europea, procedente de Francia. El tema de la muerte dominó la Baja Edad Media, y frente a ella no había resignación cristiana, sino terror ante la pérdida de los placeres terrenales. Presenta, por un lado, una intención religiosa: recordar que los goces del mundo son perecederos y que hay que estar preparado para morir cristianamente; por otro lado, una intención satírica al hacer que todos caigan muertos, con independencia de su edad o su posición social, dado el poder igualatorio de la muerte.
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