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ACEITE BETICO PARA ROMA
La documentación más abundante sola correspondiente a la producción y comercio del aceite bético. Plinio y Columela describen las excelencias del aceite bético y la riqueza de la tierra que lo produce. Para Plinio, las mejoras tierras para el olivar son las soleadas lomas de la margen izquierda del Guadalquivir.
Plinio decía también que 'en la Bética, valle del río Guadalquivir, no hay mayor árbol que su olivo del que se recogen ricas cosechas ' y Virgilio en sus Geórgicas nos hace la comparación del cultivo del olivo con el de la vid.
Son muchos los autores romanos que hacen mención al olivo hispano, desde Apiano que nos habla de los olivares del Sistema Central, las tierras que están situadas por encima del río Tajo, a Rufus Festus Avieno que denomina al río Ebro ' el río del aceite '.
Las alabanzas a la cantidad y calidad del aceite bético se inician con Estrabón y pasan a ser una referencia tópica, pero no son aplicables al período republicano.
La cantidad de tierra disponible para el cultivo del olivar debió ser la mayor parte de la disponible entre Córdoba y Sevilla en una franja próxima al río Guadalquivir (Betis), vía de salida del producto. Hasta donde éste y su afluente el Genil (Singilis) eran navegables cabe pensar en una producción destinada al mercado exterior. Pero no se debe negar la existencia de olivares en otras zonas de la misma Bética o incluso en el resto de Hispania. El aceite bético se envasó desde la época de Augusto en un tipo de ánforas conocidas científicamente como tipo Dressel 20, de forma globular, a modo de gran garrafa, con cuello y asas cortas, y que podían contener unos 70 kilos de aceite. Estas ánforas fueron fabricadas en cerca de un centenar de alfarerías, ubicadas en las orillas del Guadalquivir y del Genil, de forma que lugar de producción de ánforas y de embarque de aceite coinciden en un mismo punto.Podemos suponer que de una mayor densidad de alfarerías en una comarca deducimos una mayor extensión olivarera.
Las ánforas eran selladas antes de ser cocidas, con el nombre más o menos abreviado del propietario del aceite envasado.
Eran sellos inscritos con distintas iniciales y anotaciones: los tituli picta. Eran una especie de código de barras de la época. En ellos se encontraba información sobre el peso, el origen y el destino del producto, los dueños, los responsables de la exportación, el día de e mbarque y la llegada al puerto. Por estos sellos sabemos que había alfarerías que sólo trabajaban para una familia o un grupo reducido de familias propietarias de olivares y por tanto productoras de aceite. Pero también podían ser las que monopolizasen la comercialización del aceite. Nombres como
Cayo Sempronio Políclites o Lucio Valerio Ametisto corresponden a mercaderes de aceite de oliva de la Hispania romana.
Vespasiano (69-80 d.C.) fue el emperador, que, en su afán de mejorar la admisnistración imperial aen todos sus aspectos, impuso un complejo sistema de escritura sobre las ánforas olearias, lo que demuestra el enorme interés estatal en controlar el comercio de aceite.
El aceite era un producto vital para el mundo romano, necesario para la cocina, la farmacopea, el alumbrado, el baño y el culto. Por esto, fue pronto controladon por la prefectura de abastecimiento, que lo hizo llegar a Roma en grandes cantidades y lo almacenó en los grandes depósitos de Ostia.
El aceite de oliva andaluz era el preferido de los romanos, aunque otra pequeña parte (20%) fuera original de otros lugares del Imperio. Con él elaboraban sus platos, conservaban sus alimentos más allá de la temporada y confeccionaban su famoso Garum.
Pero además, el aceite de oliva bético era un signo de distinción y poder romano.

Un ánfora que hubiese contenido aceite ni se lavaba ni reutilizaba, sino que se depositaba en un vertedero, que se convertiría en una nueva colina de Roma, el Testaccio o monte de los tiestos, que se formó con los restos de millones de ánforas desechadas desde la época de Augusto hasta mediados del s. III d.C. Casi el 90% de estos restos de ánforas son de tipo Dressel 20, es decir, las ánforas olearias béticas.
Se echaba cal sobre los recipientes para evitar malos olores pues no era rentable lavar los recipientes y enviarlos de regreso a la Bética y otras regiones. Se situaba dentro de la Muralla Aureliana y en la actualidad está semicubierta por la vegetación.
Durante el imperio romano el cultivo del olivo se extendió por todo el litoral mediterráneo; es casi seguro que Rosas, Ampuria y Tarragona constituyeron los lugares por donde se introdujeron en Cataluña y Aragón los olivos. Y tan corrientes llegaron a ser en toda la península que, el emperador Adriano, adoptó como el símbolo de la Hispania romana una gran rama de olivo.
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