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EL DONATISMO
A finales de la Antigüedad, las cristiandades occidentales no tenían la pasión por la discusión teológica que caracterizaba a las orientales. No les interesaba tanto el dogma y las discusiones bizantinas sobre estas cuestiones tan sutiles y tan tan orientales, como la disciplina y la práctica moral. Como siempre, Occidente era más materialista que Oriente. En los siglos IV y V d.C. se manifiestan en la pars occidentalis del decadente imperio Romano estas tendencias.
El donatismo fue una de estas herejías de corte moral occidentales, que impregnó el Norte de Africa a partir del pensamiento de Donato, obispo de Cartago, a comienzos del siglo IV d.C. Fue una doc trina reaccionaria contra la actitud sumisa de aquellos sacerdotes que se habían doblegado a los edictos imperiales que emanaron de la autoridad imperial durante la persecución de Diocleciano.
Los acólitos de Donato, obispo cartaginés desde 312 d.C., negaron la validez de los sacramentos otorgados por aquellos "traidores" a la causa y extendieron su condena a los que comulgaban con ellos y a sus descendientes. Esta grave querella religiosa se extendió durante periodos de represión (317-321, 347-361, 381-395) y tolerancia, hasta que arribaron los vándalos a las costas norteafricanas en 429 con sus creencias arrianas, que provocaron una gravísima crisis en la Iglesia norteafricana. El donatismo siempre tuvo una imagen de movimiento extremista, sectario y proselitista, y dio origen a una actitud violenta y fanática.
Este movimiento
aseguraba que sólo aquellos sacerdotes de moral intachable podían administrar los sacramentos, entre ellos el de la eucaristía, y que los pecadores no podían ser miembros de la Iglesia. Inicialmente se conoció como Iglesia de los Mártires hasta que la fuerte personalidad de Donato hizo que sus propios correligionarios cambiasen el nombre por el de donatistas.
La población del Norte de Africa había abrazado el cristianismo antes que por convicción, por oposición al emperador politeísta y pagano gobernante en Roma que les despreciaba abiertamente. Para los pueblos norteafricanos ser cristiano equivalía a rechazar la ocupación romana. Cuando los emperadores se hicieron cristianos, los cristianos del norte de Africa se hicieron herejes para seguir oponiéndose a la autoridad imperial, ahora de intachable moral católica. Así la doctrina donatista encontró su caldo de cultivo no solo en la población común sino también en los obispos cristianos de aquella época, especialmente en Numidia.
El donatismo fue rechazado por la Iglesia Católica oficial, que confirmó la objetividad de los sacramentos, es decir, que una vez transmitida la potestad sacerdotal a una persona mediante el sacramento del Orden Sagrado, los sacramentos que éste administre son plenamente válidos por intercesión divina, independientemente de la moralidad del clérigo, ya fuese licenciosa o no. Ahí es nada. Aunque condenada esta doctrina sin éxito en el Concilio de Arles de 314, y a pesar de las enérgicas condenas, entre ellas las del propio San Agustín de Hipona, quien pidió las máximas penas para esta pandilla de herejes, calificándolos de apóstatas, y de que el emperador Honorio los eliminó como iglesia en 412, el donatismo resistió como pudo hasta que la fuerza del Islam los barrió de la faz de la tierra durante los siglos VII y VIII.
La Iglesia donatista, levantada contra Roma, fue una de las infinitas formas del espíritu de rebeldía, pero dogmáticamente influyó poco. El
donatismo adquirió también un cierto matiz de lucha social: los
campesinos, agobiados por los impuestos imperiales y vejados desde siempre, tomaron el partido donatista, estandarte bajo el que saquearon las haciendas y viviendas de quienes no compartían su
credo. No es de extrañar que Constantino, desde el principio, se
manifestara en contra de los donatistas pues éstos perturbaban la paz
del Imperio y dificultaban sus designios de unificación.
A consecuencia de la ruptura donatista, hubo dos obispos, dos grupos de ancianos y dos cuerpos de creyentes en Cartago: los donatistas y los católicos, ya cada uno afirmaba estar en posesión de la verdad, es decir de ser la iglesia legítima en esa ciudad. El gobierno de Constantino inicialmente reconoció a Caeciliano, el obispo católico, como el legítimo obispo de Cartago. De modo que a Caeciliano le fue asignado un salario por parte del estado, y él y todos los de su clero fueron eximidos del pago de impuestos.
Los donatistas, indignados, redactaron una queja que presentaron al procónsul de África, afirmando que ellos eran la iglesia legítima de Cartago.
Constantino convocó un concilio de obispos en Arles en el año 314, y una vez más ellos decidieron en favor de los católicos. Los donatistas, por su parte, apelaron una vez más a Constantino, que de nuevo apoyó a los católicos. Y así continuaron su polémica hasta la invasión musulmana en 637.
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